Invertir en paisajes productivos es asegurar nuestra resiliencia

Por Jorge Oviedo

Director ejecutivo del Fondo Ambiental de El Salvador

Especialista en finanzas para la conservación

 

 

Durante años hemos hablado de la tierra como un espacio de producción. La asociamos con cultivos, cosechas, ganado, ingresos familiares y seguridad alimentaria. Todo esto es real. Sin embargo, desde las finanzas para la conservación, la tierra también debe entenderse como un activo natural estratégico que sostiene la biodiversidad, regula el agua, captura carbono, protege los suelos, conecta ecosistemas y fortalece la resiliencia de las comunidades rurales. Y en esto último está la clave: invertir en la tierra es invertir en resiliencia.

Esa visión es especialmente importante para un país como El Salvador, donde la variabilidad climática ya forma parte de la realidad productiva. Sequías más intensas, lluvias irregulares, degradación de suelos y pérdida de cobertura vegetal no son fenómenos abstractos; son factores que impactan directamente en la vida de las familias, la productividad agrícola y la estabilidad de los territorios.

Frente a estos escenarios, los paisajes productivos ofrecen una respuesta concreta: producir conservando y conservar produciendo. Y no se trata de escoger entre la economía rural y la protección ambiental, sino de integrar ambas dimensiones en un mismo modelo. Esa integración es la base de la resiliencia. Cuando un sistema agroforestal mejora la fertilidad del suelo, cuando un bosque de galería protege el agua, cuando una parcela con café bajo sombra también se convierte en hábitat para aves, polinizadores y especies nativas, la conservación se vuelve parte de la vida cotidiana.

Entre 2020 y 2025, el Programa de Paisajes Productivos del Fondo Ambiental de El Salvador (FIAES) permitió restaurar bosques, así como recuperar y gestionar de manera sostenible más de 9.730 hectáreas en El Salvador mediante sistemas agroforestales y silvopastoriles. Estas acciones se desarrollaron en territorios estratégicos como El Imposible-Barra de Santiago, Apaneca-Ilamatepec, Tecapa-Chinameca, Golfo de Fonseca, Nahuaterique y Cerrón Grande, zonas clave para la conectividad ecológica y la protección de hábitats naturales.

El impacto de este tipo de inversión no se mide únicamente por las hectáreas intervenidas. También se mide en las funciones ecológicas que se recuperan: suelos más fértiles, mayor infiltración de agua, regulación del clima, captura de carbono, estabilidad de las laderas y mejores condiciones para la biodiversidad. En otras palabras, se invierte en restaurar la capacidad de la tierra para seguir sosteniendo la vida y la producción. Por eso, la inversión en paisajes productivos fortalece la resiliencia.

También se mide en el bienestar. Durante este quinquenio, las acciones impulsadas generaron más de 1.400 empleos permanentes y 350 mil jornales, además de contribuir al incremento promedio de los ingresos familiares de USD 360 por año por hectárea. A esto se suma una mejora en la calidad de vida de las comunidades, especialmente por la reducción de prácticas como las quemas agrícolas y el uso intensivo de agroquímicos, que afectan la salud, el suelo y el aire.

Desde la perspectiva financiera, se destinaron USD 10,5 millones a este esfuerzo, combinando recursos de FIAES y fondos de contrapartida de entidades implementadoras. Este tipo de mecanismos demuestra que la conservación requiere inversión, pero también articulación. Así, cuando los recursos financieros se conectan con actores locales, capacidades técnicas y territorios prioritarios, el impacto se convierte en una transformación sostenible.

El caso desarrollado junto a EMSAGUAT en Tacuba evidencia con claridad este potencial. En 271 hectáreas vinculadas a productores de granos básicos y de café, las prácticas agroecológicas contribuyeron a mejorar la calidad del suelo, incrementar la productividad agrícola y gestionar de manera más eficiente los recursos hídricos. Además, el monitoreo de fauna registró más de 90 especies, entre aves residentes y migratorias, reptiles y mamíferos, lo que confirma el valor de estas parcelas como corredores biológicos conectados al Parque Nacional El Imposible.

 Y esta es la clave que quiero compartirles: un paisaje productivo bien gestionado no solo produce alimentos o ingresos, sino también agua, biodiversidad, estabilidad climática, arraigo comunitario y futuro. La finca, la parcela, el bosque, el cafetal y el corredor biológico no son piezas separadas; forman parte de una misma estructura natural y social. Y esa arquitectura sostiene nuestra resiliencia.

El desafío para El Salvador es ampliar nuestra visión. La restauración productiva debe ocupar un lugar más alto en la agenda de desarrollo, porque conecta prioridades que el país no puede abordar por separado: seguridad alimentaria, adaptación al cambio climático, conservación de la biodiversidad, empleo rural y sostenibilidad económica.

Financiar paisajes productivos es invertir de manera más inteligente en nuestra relación con la tierra. Es lograr que producir no signifique degradar y que conservar no signifique detener el desarrollo. Por ende, es asegurar nuestra resiliencia.

Cuando la tierra produce y se restaura al mismo tiempo, El Salvador también cosecha su futuro. Hagamos de esta idea una decisión colectiva y una prioridad para el país.

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